(David J. Phillip/AP)

Las relaciones personales con los peloteros complican las votaciones para el Salón de la Fama. De eso no hay duda. Afirmar lo contrario es absurdo.

Tomemos como ejemplo a Roger Clemens. Durante los tres años que estuvo con los Astros, se comportó como todo un profesional. Trabajaba y se preparaba con más empeño que cualquier otro jugador que he conocido.

Clemens tenía mucho fuego competitivo y era increíble verlo subir al montículo con una recta de 90 millas por hora y pitchear durante siete innings y mantener a su equipo en juego.

A Phil Garner, el manager de Clemens en aquel entonces, le tomó mucho tiempo saber quién era el "Cohete". El capataz veía desde el dugout cómo Clemens permitía que bateador tras bateador se embasara en las primeras entradas de los partidos.

"Llegaba a pensar que tenía que sacarlo", dijo Garner. "No quería que pasara una vergüenza".

Pero en ese momento, algo sucedía. Clemens se metía en más y más problemas y cada vez sobrevivía. En la séptima entrada, el veterano seguía en la lomita habiendo permitido una o quizás dos carreras.

"Llegué a comprender que tenía un plan", dijo Garner. "No iba a dejarse vencer por ciertos bateadores y le iba a lanzar a los que quisiera. En ese sentido era un genio".

Ese es el Roger Clemens que conocí durante esas tres campañas. En cuanto a la producción, compañerismo y representar a su franquicia se refieren, nadie lo superaba.

Menciono todo eso porque éste será el primer año en que el nombre de Clemens aparecerá en la papeleta del Salón de la Fama y, debido a la sospecha de que consumió esteroides, es poco probable que reciba los votos necesarios para ser elegido.

Clemens representa el caso más difícil para mí. Hay amplia evidencia de que usó sustancias para aumentar el rendimiento y a estas alturas no puedo votar por él por ese motivo. No sé hasta dónde se puede atribuir el éxito de Clemens al dopaje, pero es difícil imaginarlo en Cooperstown compartiendo el escenario con Hank Aaron, Brooks Robinson y los demás inmortales.

Es una situación lamentable, porque Clemens era la grandeza en persona y fue un honor verlo lanzar. Me pregunto una y otra vez qué hubiese pasado si el serpentinero hubiera reconocido todo lo que decía el Informe Mitchell en el 2007 y si hubiese pedido disculpas.

¿Hubiera la confesión de Clemens dado a otros el valor para reconocer sus propias infracciones? ¿Si lo hubiesen hecho, entenderíamos por fin la "Era de los Esteroides"? Los votantes para el Salón de la Fama aún luchamos para comprender el impacto de los esteroides en el béisbol y su más alto honor. ¿Debe su uso descartar automáticamente a un jugador para el Salón?

Le hemos pedido a Major League Baseball y al Salón que nos orienten, pero no hay respuestas claras.

Dejemos en claro que los esteroides no representan un área gris. Los peloteros que los consumieron lo hicieron conscientemente y violaron la ley al tenerlos y conseguirlos. Tuvieron que encontrar a alguien que se los proporcionara y luego a otra persona que se los administrara.

Los peloteros en cuestión no son víctimas y tomaron decisiones que mancharon sus reputaciones y al deporte. Si las votaciones anteriores son un indicio de lo que sucederá en el futuro, dichos jugadores se quedarán muy cortos de entrar al Salón.

Aún así, para algunos de nosotros es un tema difícil. Mark McGwire era un compañero respetado y consideraba que, al final, ganar era lo único que importaba. Pocos han tenido el impacto que tuvo Barry Bonds.

Tanto se perdió en la "Era de los Esteroides" que se necesitarán años para entender todo lo que sucedió. A figuras como Clemens quizás nunca se les reconozca por todas las cosas buenas que hicieron, y ésa podría ser la consecuencia más lamentable.